Peisithanatos. El "Tratado de la buena extinción" de Marco Lanterna (Liberilibri, 2021)

MARCO LANTERNA Y LA FILOSOFÍA ABIÓTICA

Un comentario del libro Peisithanatos. Trattato della buona estinzione [Peisithanatos. Tratado de la buena extinción], Ed. Liberilibri, Macerata, 2021

MANUEL PÉREZ CORNEJO, Viator

Recomendado por mi amigo, el filósofo italiano Piercarlo Necchi, he podido leer uno de los libros más interesantes publicados este año por la editorial Liberilibri de Macerata (Italia). Su título: Peisithanatos. Tratatto della buona estinzione; su autor, Marco Lanterna. Piercarlo me había hablado muy bien de él; y puedo decir que, como siempre, tenía razón, pues el libro es realmente magnífico. En esta breve reseña, me limitaré a presentar algunos fragmentos del mismo, traducidos al castellano, para que el eventual lector español pueda hacerse una idea de su contenido.

Nacido en Milán, en 1973, de padre pintor, Lanterna ha desarrollado su pensamiento de la mano de Anacleto Verrecchia y Sossio Giammetta. Autodenominado Selbstdenker, Lanterna ha traducido algunos libros de moralistas, como Damien Mitton, Vauvenargues y el jansenista Pierre Nicole (Miseria del hombre, traducido en 2020).

Como es notorio, el título de Peisithanatos, es decir, Persuasor de la muerte, alude al sobrenombre que recibió el filósofo Hegesias de Cirene (h. 300 a. C.), quien se hizo famoso por haber introducido en su libro perdido Ápokarteron numerosos argumentos pesimistas, que supuestamente inducían al suicidio, y que hicieron que el rey Tolomeo II Filadelfo prohibiese sus libros, cerrase su escuela en Alejandría y le condenase al exilio.

Lanterna se quiere epígono, como diría Manlio Sgalambro, de aquel denostado Hegesias, y, con este Tratado de la buena extinción, se presenta como un Hegesias moderno. El título del libro recuerda al de aquellos tratados del Ars moriendi, tan difundidos durante el fin de la Edad Media. Igual que en aquel tiempo, azotado por la pandemia de la Peste Negra y la Guerra de los Cien Años, los hombres encontraron consuelo en estos manuales admonitorios, que les enseñaban a abandonar sin temor este mundo, Lanterna, con la presente colección de aforismos, trata de convencernos de que el pesimismo es la única filosofía coherente, y de que la vida es algo extraño en el universo, cuya extinción es francamente deseable. Nada nuevo, en realidad, pero magníficamente expuesto y argumentado.

El mismo autor nos indica las fuentes en las que se inspira su filosofía: «El Persuasor de la muerte, en particular, debe [su inspiración] al Buda, los griegos, el gnosticismo, los polemistas cristianos, los tratadistas del Renacimiento, los moralistas, la escuela schopenhaueriana, los pesimistas, nihilistas y relativistas de cualquier latitud, longitud, lengua o evo» (p. 105). Él se siente, por un lado, epígono de la gran línea de moralistas pesimistas —«yo querría ser solo moralista», nos dice (p. 149)—, y, por otro, se sitúa bajo el signo de la escuela voluntarista alemana (Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Bahnsen, Mainländer y Nietzsche), aunque en algún momento critica a estos autores, porque considera que la idea de «voluntad», sobre la que ellos construyen su pensamiento, implica un biocentrismo injustificado (p. 57).

La filosofía de Lanterna puede definirse como una «filosofía abiótica» (p. 152). Considera que la única mejora de la que es susceptible el hombre es su extinción, siguiendo la estela de otros seres vivos ya extinguidos, pues, en realidad, extinguirse es lo que le corresponde al ser humano en un Cosmos abiótico, donde la vida no es más que una excepción fugaz y molesta. Igual que Manlio Sgalambro —al que Lanterna, no cita, si bien resuenan en el libro algunas de sus ideas—, Peisithanatos/Lanterna sostiene que el mundo no es indiferente a la vida, sino que es, más bien, el mundo el que está en contra nuestra, pues es «hostil a la vida». No obstante, cuando Lanterna dice que «ni siquiera entre los pesos pesados del pesimismo se ha reflexionado como debe hacerse, ni se han sacado las justas consecuencias de esta clausura del Cosmos hacia la vida» (ibid.), esta afirmación no cabe aplicarla a Sgalambro, puesto que el filósofo siciliano desarrolló precisamente toda su filosofía partiendo de esta premisa. La frase que escribe y subraya Lanterna: «El Cosmos está en contra de la vida» (p. 19), podría haberla suscrito, seguramente, el propio Sgalambro.

Mas, dejando de lado esta extraña ausencia del filósofo de Lentini en el texto lanterniano, es obvio que el punto nodal de su ensayo es, como hemos dicho, que «el Cosmos tiene horror por la vida» (p. 12), una vida que siempre tiene un origen rastrero y pútrido, y un fin igualmente purulento y cargado de fetidez y corrupción. El bien supremo para la vida sería el fin de esta (cf. p. 13), pero ese fin, aunque cada vez parezca más cierto para los hombres —«el mundo de los hombres tiene los días contados» (ibid.)—, no resulta tan obvio para la vida en general, que parece que tiene cuerda aún para rato, y no cesa de someter a toda suerte de maléficos padecimientos a sus víctimas. Ahora bien, Lanterna aclara que su pesimismo no es cósmico, sino, por así denominarlo, antropológico, pues nos dice que «no todo en el Cosmos es malo, sino solo nosotros; y no todo muere en el Cosmos, sino solo nosotros» (p. 14); por eso, el Persuasor de la muerte perora, frente a Nietzsche, en torno al («jubiloso caballero sirviente de la vida, esa Megera desdentada y gargantuesca»), «el fin de la vida sobre la tierra, tanto del hombre como de todas las especies animales y vegetales, e incluso microbianas» (pp. 15-16), y no solo sobre el simple suicidio del individuo singular, que no resuelve absolutamente nada, y no erradica ese error que serpentea por nuestro atribulado planeta. La vida, según Lanterna, no es «lo más elevado del universo, sino su punto más bajo y negativo» (p. 16), ni tampoco es el universo el que se está muriendo, como creía Mainländer (quien, a su juicio, al menos acertó al asociar Tierra y muerte), sino que solo es la vida aquello que nace para morir, porque, de algún modo, está de más en el Cosmos (cf. p. 17). Como supo concluir perfectamente Leopardi, resulta incomprensible explicar de qué manera del mal de todos los individuos vivos puede surgir algo bueno, como, según se juzga comúnmente, es la vida.

«Nuestra confusión proviene de que mezclamos los planos (…), y, sobre todo, de creer que somos parte de un todo cognoscible y no intersticial, de un continuum holístico que podemos recorrer a nuestro sabor, cuando en realidad, solo somos el epifenómeno de un epifenómeno, acostado a una cosa extraña, hostil, indeterminada, inconexa, de la que no sabemos nada ni lo sabremos nunca. (…) Somos una afección, un suceso anómalo y funesto, la parte insignificante y morbosa de una dicotomía imperfecta y sin glándula pineal. La vida no es el centro que da valor al todo (otra pequeña revolución copernicana), y el Cosmos aparece abiótico, no por casualidad, sino porque es abiótico. No es indiferente a lo orgánico, hacia lo cual alza barricadas y cierra los puños. (..) Somos, si acaso, su antítesis, una imperfección bastante poco estética, que se tolera igual que una mancha morada sobre una gota diáfana y atractiva (…). Tendencialmente, la vida es una entidad enloquecida. (…) ¡Una locura nos crea y conserva! ¡Cuántas cosas explica este postulado!». (pp. 58, 24 y 19-20) Por esto, «todos los individuos singulares sufren: porque el mal —en el sentido de una incuria creadora y del diletantismo teúrgico— es la masa de la que están hechos (pétris [amasados], dice Voltaire) todos los seres, de la cual está compuesto cualquier viviente y la vida misma: una criatura hecha con barro mal cocido. (…) Somos el accidente de un accidente» (p. 25). Para Lanterna, el virus, «la forma virológica, es la que mejor da cuenta de lo que es la vida», siendo el arma perfecta de la naturaleza, precisamente por su carácter asesino (pp. 94-95). En este sentido, «el COVID, nacido del hombre o de la naturaleza, equivale solo a un ensayo general, un afinamiento de los instrumentos y de las voces» (p. 151), antes de que la vida orqueste nuevos martirios y sufrimientos centuplicados.

Esto lo sabe la sabiduría popular, cuando dice, resignadamente, que «la vida es así»; pues bien, concluye el Persuasor de la muerte, «si la vida es así, y no puede ser de otra manera, ¡entonces que la vida no sea! ¡Esta es la solución!» (p. 26). Porque, en realidad, «la vida solo sirve para cansarse de la vida» (p. 28), toda vez que, como ya había señalado Schopenhauer —y, siguiendo sus pasos, nuestro Armando Palacio Valdés—, «las criaturas no han nacido para ser felices» (p. 29).

En este sentido, y en clara contraposición a Níetzsche, Lanterna sostiene que toda la metafísica no ha sido en realidad otra cosa que «un himno encubierto a la vida, una colosal operación de biocentrismo» (p. 33), que desenmascaran, a pesar de todos los sofismas, escritos como el Belphegor de Johann Karl Wezel, cuando nos dice que «una parte de la humanidad es atormentada hasta la muerte, para que la otra se alimente hasta perecer» (ibid.). Por esta razón, «el hombre alta y éticamente perfeccionado, es aquel que apaga la vida en sí y en las criaturas que le rodean, reconociendo el carácter malvado y el daño que hay en ellas. Es la eutanasia aplicada a todos los seres vivientes con gesto a la vez ético y estético: la supresión del mal de vivir» (pp. 34-35). Algo que, cree Lanterna, ya saben los seres humanos, y de lo que son conscientes (inconscientemente), cuando destruyen sistemáticamente la tierra: «El otro gran tema del fin, o más correctamente de la ápokatástasis, que es, al mismo tiempo, la máxima tarea del ser humano, su obra maestra de fronda suprema y de pesimismo heroico activo, es el de cancelar totalmente la vida, cualquier vida, o sea, cualquier posibilidad de retorno de la vida en cualquiera de sus formas, en suma, transformar la tierra en otra Luna, gasearla, azotarla, decolorarla para siempre con los ácidos tecno-alquímicos de aquel azul encantador y maléfico, que es el velo engañoso y variopinto de sus laboriosos horrores» (p. 35). Parafraseando de forma un tanto macabra a Leibniz, Lanterna afirma, sin dudarlo, que «tout est sans vie dans le meilleur des mondes possibles»” (p. 147).

Como puede verse, en los textos de este filósofo milanés el nihilismo alcanza cuotas realmente inconmensurables, próximas a la boutade. A veces, parece más bien querernos epatar ingeniosamente que mantener la coherencia de su pensamiento. Así, por ejemplo, mientras que en la página 38 sostiene que lo mejor sería sustituir la palabra «evolución» por la palabra «voltación» («voltolazione»), conforme a un término propuesto por Alfieri, porque, según él, «la vida ni evoluciona ni involuciona, sino que simplemente vuelve, es decir, gira sobre sí misma, y moviéndose se queda quieta», en la página 122 afirma que «la evolución está enderezada hacia lo peor, hacia un mal más perfecto», lo que, a su juicio, implica que existe una «teleología del mal» (p. 133), puesto que, según él lo interpreta, el aparente orden racional que a veces detectamos en ciertas estructuras del universo solo contribuye, finalmente, a producir «un caos más maravilloso y una locura más perfecta».

En cualquier caso, el currículo humano es pésimo, digno de una especie que Lanterna define jocosamente como «homo sapiens sapiens demens demens» (p. 145): ni en la historia, ni en la política (el reino de la mediocridad) (p. 121), ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la religión, el hombre ha mejorado de verdad, o si lo ha hecho en un aspecto, en otro ha retrocedido, y casi siempre más de lo que avanzó. Es hora de que, igual que hicieron aquellos españoles del Barroco, que lo intentaron, probaron y conquistaron todo, para acabar completamente desilusionados, (él pone como ejemplo al aventurero español Diego Duque de Estrada), el ser humano se desengañe de sí mismo, y, tras probar todos los estados, escoja el mejor de todos ellos, es decir, la nada (p. 41).

La vida —fenómeno en cuyo núcleo late como noúmeno una «egolatría quintaesenciada» (p. 149)—, a pesar del bombo que se le da, no tiene, en realidad, nada de especial, ni es nada crucial; es como una enfermedad estacional y breve del universo. Además, «todos los seres vivos son igualmente culpables y monstruosos», hallándose en lucha continua, violenta y absurda entre ellos. De aquí, Peisithanatos/Lanterna concluye que «el más perfecto especismo es la negación de todas las especies» (p. 43), porque, aunque es verdad que las demás especies son más honestas y directas, y menos hipócritas que el hombre, como seres vivos que son, no dejan de buscar imponerse tiránicamente sobre los demás seres que les rodean. Afortunadamente, esto solo sucede, que sepamos y por el momento, en la Tierra. Si la vida fuese tan común, bulliría por todas partes en el Universo, mientras que lo que vemos es más bien lo contrario: un desierto desolado, en el que, desesperadamente buscamos algo de vida… para luego ponernos a destruirla (como ya estamos haciendo en nuestro planeta).

Todas las ilusiones deben ser revisadas y puestas en cuarentena: Los niños no son más que la prefiguración de los hombres malvados en los que se convertirán de mayores (de ahí su sadismo con los animales) (p. 49); es absurdo pensar que una revolución social mejorará a los seres humanos, porque lo único que sucederá es que, si triunfa, los oprimidos se convertirán en malvados opresores; es inútil pensar que podríamos haber llevado otra vida, porque esa vida será «idéntica a la que estoy viviendo, o a la que he vivido»(p. 54); es erróneo pensar que la filosofía académica («los filósofos académicos») dan mejor respuesta a los problemas de la existencia que los «académicos que no pertenecen a ninguna academia» (p. 63), y que puede aprenderse más filosofía en las universidades que en esas escuelas maestras de la vida que son los hospitales, los cementerios y los mataderos (pp 111-112); es estúpido pensar, con Schopenhauer, que este es «el peor de los mundos posibles», porque esto significaría que, al menos tiene una grandeza (aunque fuese negativa: la de ser «el peor de todos»): en realidad, y desgraciadamente, «este es solo uno de tantos mundos eventuales, un mundo pasajero, con características anónimas y administrativas, y rápidamente olvidado» (p. 66); es una equivocación, también, pensar que el arte sea la cúspide de la excelencia humana y la suprema justificación de la vida: en realidad, el arte tiene un valor solo para nosotros, y, además, relativo, porque depende de los estilos, gustos y épocas, siendo, en sí mismo, algo pobre e «inútil» (pp. 71-72); es una memez conceder tanta importancia a la pasión sexual, «cuya verdadera utilidad, si acaso, consiste es desvelar el péndulo engañoso, el maquinismo libertino, el movimiento ilusorio del vivir y de su cíclica danza (…). El sexo se queda como la mejor vía de acceso al sucio secreto de la vida» (algo que entendió perfectamente Schopenhauer, con su Metafísica del amor sexual (p. 73)); y la mejor manera de entender la nulidad de esta obsesión por el sexo es cumplirla, porque practicarlo es aplacarlo y desengañarse de él (al modo de los seguidores de Carpócrates) (pp. 106-107); es una ingenuidad, en fin, pensar que una inteligencia extraterrestre será más lúcida y estará mejor dispuesta que la nuestra: si es una forma de vida, será, seguramente, tan mala y tiránica como la que existe en la Tierra, y constituirá una seria amenaza para nosotros (p. 75).

A todo esto, hay que añadirle que es de tontos perseguir la fama o la popularidad, porque lo que verdaderamente vale suele pasar completamente desapercibido (p. 114). E igual de loco es el deseo de acumular dinero (p. 65); en realidad, la pobreza termina por resultarnos más beneficiosa, por cuanto reduce nuestros deseos, y nos lleva «a renunciar, a no aspirar a nada, a contentarse: ¡esta es la mejor política económica!» (p. 78). Renuncia que, por otra parte, es la base del budismo, «la única doctrina religiosa cuyo origen consiste en una investigación filosófica» (p. 80), con la cual no pueden compararse ni el cristianismo (por su imagen cruel del sacrificio divino), ni el islam (por su tosca sensualidad).

¿Y qué decir de la ciencia, que, con sus miles de pizarras llenas de fórmulas vacías, sus torturas a los animales (p. 91), y su tonto ideal del progreso, no progresa (p. 101), ni se aproxima un ápice al misterio de la vida?: «por lo que se refiere a las últimas verdades, la ciencia no saca ni una araña de su agujero, o, si se prefiere, no perturba lo más mínimo (…) el enigma de la esfinge del cosmos, incognitum omnibus, (…) al cual sí acceden, de algún modo, a golpes de intuición, la poesía y la filosofía, aunque sea para revelarnos que ese misterio después se parece mucho a una letrina turca» (p. 84-83). «La violencia, el sufrimiento y la locura son las verdaderas energías que activan los cambios de estado, el abracadabra de la vida. Los científicos naturalistas, impedidos metafísicamente, no pueden llegar a ello, pero los filósofos y poetas, sí». (p. 93) Lo peor de la ciencia, con todo, es que, encima, acusa a la filosofía de especular, cuando ella misma es cada vez más pura teoría y mera especulación; además, hipócritamente, «simula dudar, para desanimar a cualquiera de que dude, cuando más bien es de ella de la que debería desconfiarse» (p. 141).

Como afirmó Calderón, «la vida es sueño, pero se trata de uno de esos sueños sin pies ni cabeza, absurdos, enfermizos, febriles, resbaladizos, ridículos, de los cuales uno se despierta con un leve sobresalto, contentísimo de que haya terminado. Los más sensibles y espirituales buscan reequilibrar lo desequilibrado ya en la vida, dando y ofreciéndose según un budismo estiloso; otros creen, o mejor, esperan, una vindicación al peso, ultraterrena; otros, aún, disfrutan cuanto pueden y como pueden, importándoles un carajo todo lo demás. Sobre todos reina la cosa/acaso/caos del mundo, que es todo aquello que existe, y que es como es” (p. 90).

Por lo demás, Lanterna, impertérrito, huye de lo políticamente correcto: critica a las mujeres, precisamente porque ellas son las «campeonas (…), las ánforas de la vida», siendo, por su fuerza vital y por sus ganas de vivir, muy superiores al hombre (como se ve en la inmensa mayoría de las especies naturales). El predominio del macho en la especie humana es, a todas luces, un «artificio de la cultura», pues es la hembra «la que sabe desenvolverse de maravilla en los meandros dedálicos del mundo, donde siempre se encuentra como en casa» (p. 122); y también critica, de pasada, al movimiento antinatalista, por estrecho de miras: «El antinatalismo es una omisión del mal, sin, en cambio, cumplir el bien (lo que cuenta, no es el aborto, la muerte o el suicidio del individuo singular, sino más bien, el homicidio de la vida, hacer que sufra un deceso). Es un pesimismo de perezosos y antihéroes, de agnósticos del sexo y contables maltusianos. Esperar una mejora de la especie, inspirada en la continencia, no supone solamente quedarse a la espera, sino que es algo que adolece de una profunda carencia de criterio; significa no conocer ni la vida ni sus criaturas libidinosas, con sus portentosas instancias fornicadoras. Es una forma dementis, emparentada con la candidez ambientalista, que cree al hombre capaz de favorecer o estorbar a la naturaleza, en base a comportamientos de una ecología virtuosa o dañina (…). ¿Qué cosa puede saber del nacimiento quien no ha sentido jamás, ni ha comprobado cómo sale el chorro de de sus lomos, o no ha tenido que escuchar nunca las recriminaciones adultas? Buda tuvo un hijo, conoció el amor; Cristo, no: también en esto se mide su distancia del guanshiyin [Guanyin: Bodhisattva Avalokieśvara, asociado a la compasión]. ¡Cuántos grandes pesimistas toparon con este onanismo, calzándose, de hecho, la sotana y dañándose ojos y boca! No hay que darle nunca la razón a un pesimista sin hijos, aprolífico; nunca hay que creerle del todo, porque no tiene nada que perder, y menos que apostar» (p. 128). La salvación viene del individuo, siempre que este sea íntegro ―algo hoy más raro que el ave fénix (p. 146)―, pues será él quien «ponga fin a la vida, teniendo a la mano el interruptor, el on/off apocalíptico, el gran fall out final (…). Será este [individuo] –siempre tenido por alguien fracasado, misfit, deraciné, waldgänger, desassossegador, caballero de la triste figura- el que, en oposición a cualquier teoría de la adaptación, de tanto en tanto ilumina la tierra, y acelera su rotación, mostrando la salida de la oscuridad. Caído desde un mundo de utopía al interior de este mundo agusanado, aborrece espiritualmente la vida, a los hombres y aquella baba de caracol traslúcida y pegajosa —la historia— excogitando el mejor fin, la pensé… rèmede à tout» (pp. 145-146).

Dando carpetazo al eterno retorno nietzscheano, Peisithanatos/Lanterna concluye que «aquel que al terminar la vida quisiese de corazón vivir, tornar a ser joven, recomenzar, vivir un poco más, no ha comprendido nada en absoluto» (p. 151). Igual que Mainländer, Lanterna afirma que «la vida, bien entendida, debería consumarse con un agotamiento, más allá del cual no se desea ya, y el vivir se sublima en hastío, humor negro, desesperación, incluso un conjuro. Vivir a fondo la vida, supone socavarla para toda la eternidad. Piénsese, de nuevo, tan solo en la adolescencia, el acné, la escuela, el pálpito del corazón del sábado noche, las trampas y desilusiones potentísimas en las que inevitablemente se incurre, en la esclavitud del trabajo, la inanidad de los pasatiempos y de los viajes, la cárcel que supone la familia, el fardo de las posesiones, la desilusión de los hijos y la falta de los padres; en la pereza de los amigos, la vaciedad de los ideales, en los horrores supremos de la vida social, y, finalmente, en la caída en el precipicio del cuerpo y en la traición y el shock de la mente. La última y más teorética disposición de ánimo hacia la existencia debería ser aquella de Septimio Severo junto a su cama en York: omnia fui, nihil expedit [fui todo, y nada vale nada]» (p. 152). Con esta cita clásica, que puede leerse al final de este impactante libro, Lanterna recupera el espíritu de la filosofía antigua del que partió, mostrándonos bien a las claras su decidida voluntad de ser un Hegesias redivivo. Yo, más tolerante que Tolomeo II, no le expulsaré jamás de mi biblioteca.