Mainländer y el mito del Grial



El Santo Grial (Dibujo de Rogelio de Egusquiza)


EL MITO DEL GRIAL EN PHILIPP MAINLÄNDER


En El más antiguo programa sistemático del idealismo alemán (Das älteste Systemprogramm des deutschen Idealismus), fechado hacia 1795 y redactado por Hölderlin, Schelling y Hegel (da lo mismo cuál de ellos fuese el responsable principal del texto, o si su redacción fue fruto de una colaboración entre los tres), se puede leer:

“El filósofo debe poseer tanta fuerza estética como el poeta. (…) La filosofía del espíritu es una filosofía estética. (…) Por primera vez voy a exponer una idea que, por lo que sé, todavía no se le ha ocurrido a ningún hombre: tenemos que tener una nueva mitología. Esta mitología, sin embargo, debe estar al servicio de las ideas, debe ser una mitología de la razón. (…) La mitología deberá hacerse filosófica, para que el pueblo se convierta en racional, al tiempo que la filosofía deberá ser mitológica, para que los filósofos se hagan sensibles. Entonces dominará la unidad eterna entre nosotros. Nunca más la mirada despectiva, nunca más el ciego temblor del pueblo ante sus sabios y sacerdotes. Solo entonces podremos esperar una formación idéntica de todas las fuerzas, tanto del individuo como del conjunto de ellos. Ninguna fuerza será reprimida. Entonces dominarán una libertad universal y una igualdad de los espíritus. Un espíritu superior, enviado por el cielo fundará entre nosotros esa nueva religión que será la última, la máxima obra de la humanidad”.

Leer estas líneas, después de haber leído la Filosofía de la redención de Philipp Mainländer, demuestra que, con todas sus variantes, modificaciones y enmiendas, este programa estaba vigente, al menos en este punto, todavía en 1876, cuando el filósofo de Offenbach am Main publicó el primer volumen de su principal obra, y ya había concluido los doce ensayos que iban a formar su segundo tomo (y que se publicarían diez años después). Efectivamente: ¿no conjugó Mainländer en sí mismo las facetas de filósofo y poeta, y no es el conjunto de su producción un excelente intento de unir filosofía y poesía y de crear una mitología basada en la razón? La tesis mainländeriana de que el mundo surge como consecuencia de la “muerte de Dios”, tras una suerte de suicidio de la unidad primigenia, que trajo consigo la caída en la realidad, tiene mucho de mito neogóstico; y él mismo declaró que el objeto de su labor literaria (dramática, novelística y poética) era darle a su filosofía una apariencia estética, ya que para él la poesía no era sino otra forma de expresarse y de exponer sus ideas filosóficas.

Por esta razón, no puede sorprendernos que en el séptimo Ensayo del primer volumen de la Filosofía de la redención Mainländer se esfuerce por construir una nueva mitología, a la altura de nuestro tiempo, reinterpretando para ello de forma sumamente original el legendario mito del Grial, y proyectando la creación de un Orden de Caballeros encargada de difundir su ideario filosófico.

Mainländer aborda la leyenda del Grial partiendo del resultado de su metafísica, según la cual es el “saber (no la fe)” el que atestigua que Dios ha elegido morir libremente para dar origen al mundo, haciendo así que todos los procesos que constituyen la realidad se vean atravesados por una voluntad de morir que subyace a toda vida, sobre la que termina por imponerse. Esta certeza es la base de una “inconmovible confianza en Dios” (FR, II, p. 250).

Para Mainländer (igual que para Freud, quien teorizará sobre ello cuarenta y cuatro años más tarde, en Más allá del principio del placer), la vida es un medio para la muerte, y tanto quien desea vivir con todas sus fuerzas, como quien rechaza la vida están destinados a la muerte. El primero va hacia ella de forma indirecta e inconsciente, desgastando sus fuerzas tanto como puede; el segundo, la quiere de manera directa y consciente; pero cuando alguien se ha percatado conscientemente de que la vida termina con la muerte, no teme morir, porque, en el fondo, él mismo lo deseó libremente, antes de que surgiese el mundo, cuando se hallaba inmerso en la unidad divina. De manera que asumirá placeres y disgustos, felicidad e infelicidad, vida y muerte con rostro alegre y serenidad, porque, como dice el personaje del caballero hospitalario que aparece en el filme de Ridley Scott El Reino de los cielos, sabe bien que “toda muerte es cierta”. Por otra parte, ¿no habían afirmado primero Platón y luego Montaigne que “philosopher, c’est apprendre à mourir”? Quien ha alcanzado esta “última conclusión de la sabiduría” (Goethe) también ha conseguido el bien supremo, que no es otro que la paz del corazón (Herzensfriede), que es la cualidad más importante del sabio, pero sobre todo de aquel que llama Mainländer el “héroe sabio” (Weisen Helden), el arquetipo humano más elevado que existe, y el modelo más perfecto al que sujeto puede aspirar.

La aceptación de la muerte y su superación por parte del héroe sabio la entiende Mainländer como un proceso de renacimiento iniciático: igual la noche precede al rompimiento del día dando paso a su luz; lo mismo que Adam (el hombre viejo) debió morir para que apareciese el nuevo (Cristo resucitado), el aspirante a héroe sabio debe atravesar el proceso alquímico espiritual que le conducirá desde la nigredo de la desesperación (Verzweiflung) a la luminosa claridad de la paz cordial. Pero a la hora de atravesar este camino de iniciación, nada ni nadie le pueden ahorrar experimentar los mayores sufrimientos:

Que no se crea que esta noche solo consiste en diversos golpes del destino: enfermedades, hambre, una existencia quebrada, golpes mortales que azotan a nuestros más queridos allegados, y las graves preocupaciones de la existencia. Lo que más sacude y conmueve al ser humano es la duda y el vacío del corazón. No ha existido aún ningún individuo tan sublime como para haberse ahorrado las espinas. Antes de alcanzar su transfiguración, vio su pecho tempestuosamente carcomido, o el desierto calvario de su corazón: allí solo había frialdad, rigidez, vacío: no se percibía ni un soplo de entusiasmo, ni el brotar de ninguna fuente burbujeante murmuraba bajo la sombra de árboles floridos, en cuyas ramas cantasen alegres pajarillos.” (FR, II, p. 252)

Pues bien, Mainländer encuentra la más espléndida ejemplificación poética de la filosofía de la redención y de su idea iniciática del héroe sabio en el antiguo poema medieval Parzival, de Wolfram von Eschenbach, cuya figura literaria equipara a la del mismísimo Goethe: “Pues, ¿qué otra cosa es Parzival sino la figura poética del auténtico héroe sabio, la resplandeciente exaltación del Buda o Cristo?” (FR, II, p. 253)

En el poema, Wolfram afirma que la fuente de la que ha tomado la leyenda del Grial procede del maestro cristiano Kyot de Provenza, o Kyot el Provenzal, que habitaba en la ciudad de Toledo. Kyot, a su vez, la habría leído en un manuscrito árabe, redactado por el sabio pagano Flegetams o Flegetanis, hijo de padre musulmán y madre judía, y descendiente del propio Salomón, quien habría leído el secreto del Santo Grial escrito en las estrellas.

En el poema de Wolfram —que podría entenderse como una suerte de Bildungsroman de la Edad Media— dice Mainländer que podemos “ver las luchas que el individuo debe padecer y atravesar hasta que alcanza la esclarecida cúspide de la apariencia dorada de la redención” (FR, II, p. 263). Y la clave de dicha redención es su encuentro con el Grial, que le dará las fuerzas necesarias para arribar a su meta.

Esta es, en resumen, la historia: la madre de Parzival le ha criado en un bosque, es decir en soledad y lejos del mundo, para que no conozca sus tormentos y tentaciones, en suma, para alejarlo del mal; pero este intento de protección es ingenuo y resulta inútil. Según Mainländer, al igual que Cristo y a diferencia del Buda, Parzival “solo podrá superar el mundo seductor viviendo en él y habiéndolo observado hasta su último repliegue” (FR, II, p. 255). “Mientras Buda se transfigura lejos del mundo, Parzival se lanza al torbellino mundano” (FR, II, p. 255), diferencia que Mainländer atribuye al carácter contemplativo del pueblo indio, frente al carácter más activo del alemán.

Parzival abandona, pues, a su madre (rompiéndole el corazón: Herzeleide) y parte a la búsqueda de aventuras, de la misma manera que Cristo abandonó a la Virgen María y Buda a su esposa Yasodhara. Solo después de alcanzar la renuncia total al mundo se reencontrarán con ellas.

En el curso de su camino, Parzival alcanza fama, gloria y poder con sus victorias caballerescas. En cierto momento, llega a Monsalväsche (que para Mainländer simboliza el mundo), donde se encuentra el castillo del Grial.

Un castillo que, según Wolfram, se encuentra en el norte de España, por lo que se le ha identificado con Montserrat, o San Juan de la Peña (Huesca).

Allí vive el doliente rey Amfortas, rodeado de los caballeros del templo (Templeisen) (que simbolizan, en la interpretación de Mainländer, a la humanidad).

Mainländer piensa que la historia del Grial y Amfortas es una magnífica combinación de paganismo y cristianismo. El mito del Grial resume, según él, el simbolismo universal del ciclo de las estaciones —que cabe encontrar desde Egipto a Escandinavia—, y por tanto la lucha entre las tinieblas (el mal) y la luz (el bien), que renace de la oscurdiad. Esa lucha se representa en el mito por el dios que muere y resucita (Osiris, Adonis, Atys, Perséfone), o que lucha con las fuerzas de la oscuridad (Orión, Odín). En esta lucha con el mal, las sombras y la muerte, el dios suele estar acompañado por una figura femenina (Isis, Freja, Eos, etc.), y la sangre vertida por el dios o el héroe, junto con las lágrimas que por él vierten sus amantes, consortes o hermanas, simbolizan, a juico de nuestro filósofo, la “luz, la sabiduría y la fuerza del conocimiento” (FR, II, p. 260).

El cristianismo versionó estás leyendas paganas en la historia de San Juan Bautista, cuya cabeza cortada, depositada sobre una bandeja, simbolizaba la victoria de la luz sobre las tinieblas de la muerte, y sintetizó las diversas fiestas paganas de la muerte/resurrección en la fiesta del Día de San Juan (FR, II, 261)

De esta mezcla de leyenda cristiana y mito pagano surgió durante la Edad Media el relato del Santo Grial. Según la tradición, era el recipiente en el que Cristo partió el pan para la Eucaristía y del que luego se sirvió José de Arimatea para recoger la sangre del Salvador, que fue derramada en la cruz para la redención de la humanidad. Desde entonces ―dice Mainländer―, los conceptos del recipiente y de la sangre redentora se reunieron en uno solo. Mainländer advierte, sin embargo, que, en la versión más antigua de la saga, el Grial era solo una piedra, con la forma de una joya de maravilloso brillo e inapreciable valor, que le prestaba a su poseedor el bien más alto de la vida: la sabiduría inmutable (de la que habla la alquimia). Así pues, el Grial sería la piedra de los sabios. Con el tiempo, la sangre y la piedra se identificaron y se fusionaron en una sola palabra: la sabiduría-redención. De tal manera que solo la visión del Grial les permitía a los caballeros de Monsalväsche superar los padecimientos de la edad y el dolor de la muerte.

Hemos calificado al rey Amfortas de “doliente”. Veamos ahora por qué. El motivo de la dolencia de Amfortas (que simboliza la humanidad sufriente) es que el rey “pecó”, lo que traducido a la terminología mainländeriana significa que abandonó el egoísmo sabio, que busca el mayor bien para todos, esto es, la salvación a través del Grial, y cayó prisionero del egoísmo natural, es decir, buscó el bienestar y placer personales. Abandonó entonces la fortaleza (en sentido literal y figurado) caballeresca, y salió a la búsqueda de los bienes mundanos: posesiones, honores, fama y poder, dejando de ser un “hijo de la luz”, para convertirse en un “hijo del mundo”; pero lo peor de todo fue que Amfortas fue incapaz de reprimir el impulso sexual (símbolo de la lanza) y sacrificó su castidad. Mainländer considera que, acentuando este punto, Wolfram vpn Eschenbach da muestras de que él también ha comprendido, como él, que “la virginidad es el núcleo del cristianismo” (FR, II, p. 262).

Al perder la castidad, Amfortas perdió la paz del corazón, y cayó en el torbellino sin fin del placer. La frialdad paralizante que embargó su pecho simboliza el vacío egoísmo natural; con otras palabras “lo que hace padecer a la humanidad es la codicia y el deseo de obtener placer” (FR, II, p. 263). En cualquier caso, la caída de Amfortas hizo que los caballeros del Grial perdiesen sus arrestos para combatir, de manera que el dolor y el mal se extendieron por toda la tierra.

Sin embargo, en su primera visita al castillo del Grial Parzival no comprende nada de todo esto, ni entiende el clamor que procede de la humanidad (Amfortas) reclamándole ayuda; él, llevado de su egoísmo natural, solo piensa en la fama, honores y poder, y se le olvida preguntar por qué sufre la humanidad, de manera que, no siendo consciente de que esta padece, ni siquiera se plantea hacer frente a ese padecimiento. ¿Por qué habría de ayudar a unas personas que, en principio, no tienen que ver nada con él? De manera que pasa de largo, y queda como un “necio” (Tor).

Lanzado de nuevo en medio del mundo (Parza, par: a través de / Val, tal: surco canal), Parzival pasa años peregrinando por él, durante los cuales Parzival ve sin cesar el cansancio en los ojos de la gente, hastiada de sus vidas pobres, dolorosas y miserables, y su padecimiento deja huella en su noble espíritu:

(…) qué persona noble puede ver al pueblo sin sentir que se desgarra su corazón? Allá donde mira, se encuentra almas estúpidas, injusticia, el descarado egoísmo natural, codicia, mentira, engaño, impureza, oscuridad y un sufrimiento indecible en todas las clases sociales. ¿Son seres humanos los que se agitan allí como una riada turbia, cuyos dientes rechinan, mostrando un odio mortal en sus ojos centelleantes y desgarrándose? Son animales, bestias salvajes, que tienen un pábilo en el cerebro, pero que no está encendido.” (FR, II, p. 265)

Solo ahora se suscita en el corazón de nuestro héroe la pregunta por un Dios (“Ay, ¿qué es Dios?”), que permite tamaño sufrimiento, y, al mismo tiempo, se despierta en él “la compasión por la humanidad que se despierta en él, como les sucedió a Cristo y al Buda” (FR, II, p. 257), haciéndose consciente de que es en ese cambio que ha experimentado su corazón donde cabe hallar el remedio para tanto dolor.

Esa verdad enardece su espíritu y le dota a su alma de un incontenible entusiasmo, que es, como dice Mainländer, la “espada” con la que puede encararse el sufrimiento de la humanidad.

"Así llegó de nuevo [Parzival] a las inmediaciones de la fortaleza del Grial. (…) Allí le vuelven las ganas de esgrimir y volver a la lucha, así como la certeza de la victoria, y la inconmovible confianza divina penetró en su corazón para no abandonarlo ya nunca más. (…) Ahora sabía que él y ningún otro sería el señor del Grial, y que sería él quien liberaría a la humanidad del sufrimiento. El hombre interior se alzó inmutable, porque había superado el tiempo, y se había alzado a la eternidad.” (FR, II, p. 264)

Ahora Parzival, iluminado él mismo con la antorcha de la redención, puede encender el pábilo que se encierra en los tenebrosos cerebros humanos, para que brille en ellos la luz de un conocimiento superior.

Además, Parzival se encuentra ahora con su hermano, el pagano Feirefiz, con lo que Wolfram pretende decirnos, entiende Mainländer, que la fuerza del Grial y su mensaje redentor se dirige a todos los seres humanos. Su cometido es que ahora, no solo Amfortas, sino todos los demás caballeros de la fortaleza y el resto de la humanidad, despierten a “una vida bajo la ley sagrada”: todos ellos deben volver las miradas al Grial, para encontrar en él la fuerza con la que afrontar el reto de la existencia. Pero ahora el nuevo rey de la congregación será Parzival, y no Amfortas, porque él ha entendido que virginidad y compasión (renunciar a la descendencia y ayudar a los demás) son los caminos para redimir a la humanidad de su sufrimiento.

Pues bien: son precisamente estos dos conceptos: virginidad y compasión, las dos claves de bóveda sobre las que Mainländer alza toda su Filosofía de la redención. Aquello que Wolfram von Eschenbach expuso poéticamente en su poema medieval, lo traduce en conceptos filosóficos Mainländer en la era contemporánea.

Pero Mainländer no se detiene aquí, pues piensa que la leyenda del Grial, interpretada filosóficamente, puede ser también la clave para redimir nuestra época de los padecimientos provocados por el sistema de producción capitalista, y dar una solución definitiva a la llamada “cuestión social” obrera. El filósofo alemán afirma que, con su Orden del Grial, Wolfram von Eschenbach no quiso dar a entender otra cosa que aquello que Platón había expuesto ya en la República, con su descripción de las dos clases superiores de los filósofos y los guerreros-defensores del Estado; ambos querían crear, dice él:

"(…) una caballería espiritual de la estirpe más noble; una Orden de caballeros puros, de caballeros del Templo, que fuera para toda la humanidad lo que fueron aquellas órdenes de caballeros, especialmente la Orden de los Templarios, solo para una parte de la humanidad. (…) Esta hueste caballeresca estaría destinada a regir los pueblos y hacerlos felices, igual que Platón quiso prestar la dignidad de la realeza a los filósofos.” (FR, II, pp. 268-269)

De conformidad con este proyecto, Mainländer pergeñó las reglas de una fantástica Orden del Grial contemporánea, que debería servir de “principio regulativo del socialismo” en el décimo ensayo del II volumen de la Filosofía de la redención. Los miembros de dicha Orden, formada por caballeros intachables, capaces de afrontar impertérritos los choques, heridas y padecimientos que les deparará su lucha con el mundo, adoptarán a un joven con los ojos transfigurados por la muerte, la palma de la redención y la paloma del Espíritu Santo (símbolo de la paz) como enseña en sus estandartes.

Mainländer describe la futura Orden del Grial como “una asociación de los buenos y justos”, que tiene su fundamento en la ciencia más ilustrada y permite la más amplia libertad de movimientos al individuo”. Su objetivo no es otro que “la entrega completamente desinteresada a la salvación de la humanidad doliente, que anhela su redención” (FR, II, pp. 429-432). Su obediencia al Grial no representa otra cosa que la obediencia a la voluntad divina, que deseó alcanzar la paz eterna con su muerte (“el Grial es la voluntad divina” (FR, II, p. 452).

Los miembros de la Orden se unen voluntariamente a ella, y luchan, en primer término, para la realización de lo que Mainländer llama el “Estado ideal”, que ha de encargarse de resolver la cuestión social; luego, superada esta fase, habrán de dirigirse hacia la última meta que constituye el destino de toda la humanidad: la paz eterna y absoluta.

Lanzados al mundo ―mezclarse con él es inevitable, porque desde la “muerte de Dios” solo existe el mundo―, los caballeros del Templo lo hacen divididos en sabios (contemplativos) y caballeros propiamente dichos (la parte activa y combativa de la Orden). Los primeros no luchan, mientras que los segundos pueden y deben verter sangre, si ello resulta irremediable, para la realización del Estado ideal, porque, como dice Mainländer, desgraciadamente, “la humanidad actual aún necesita verterla de vez en cuando”. Pero ambas ramas de la Orden juran dedicar toda su vida a la humanidad, y practicar las cuatro virtudes cardinales del mainländerismo: amor a la patria, justicia, amor al prójimo y castidad, mediante las cuales los componentes de la hermandad se convierten en “hijos de la luz” (FR, II, p. 449).

La Orden no es secreta, ni “discreta”, como la francmasonería, sino que se encuentra abierta al público, y de ella forman parte los caballeros del Templo, los sabios, los donceles y los asistentes. Los miembros de las tres primeras clases viven en los “Palacios del Grial”. Mientras los caballeros del Templo se dedican a la lucha espiritual y mundana, los sabios están exentos del manejo de las armas, después de haber cumplido su servicio militar. Ambos han de tener más de veinte años; hasta entonces son donceles. Pueden ser de cualquier nacionalidad o confesión, y no se tiene en cuenta su vida anterior a la hora de ingresar en la Orden, pudiendo abandonarla cuando quieran. Los ayudantes, por su parte, son los protectores de la Orden, y solo pueden entrar y salir de los Palacios del Grial para cumplir sus tareas, sin vivir en ellos. A la cabeza de la Orden se sitúa el “Parzival”, y a la cabeza de cada filial de ésta, el “Lohengrin”, quienes son solo los primeros entre iguales. A su lado, realizando distintos cometidos se sitúan senescal y los diversos comendadores.

Un rasgo muy actual de la Orden es su “Sección femenina”, que, aunque hace vida completamente independiente de la masculina, en virtud del voto de castidad común, actúa de consuno con ella, supervisadas por el Parzival y la Directora de dicha Sección; pues, como afirma Mainländer, supondría una falta de juicio “excluir a las mujeres de los fines ideales de la Orden” (FR, II, p. 595), ya que ellas deben ser redimidas igual que ellos, y además hay en la mujer un poder y una fuerza que es necesario despertar en beneficio del conjunto de la humanidad.

Mainländer describe minuciosamente los rituales de la Orden. En ellos se enseña que Dios ha muerto, que su muerte significó la vida del mundo, que el mundo no es otra cosa que Dios “destrozado” en pedazos, y que la lucha en el mundo implica su redención del ser en el transcurso del tiempo.

Mientras la humanidad no se unifique en un único pueblo y un solo Estado, los miembros de la Orden se deben a su propio Estado nacional; y su principal cometido dentro de él debe ser luchar por un trabajo justo, por un mismo estatus, un único ocio y una misma educación para todos, a fin de realizar en todos estos ámbitos el ideal. Luego, han de comprometerse a luchar por extender dichas prerrogativas a todos los demás seres humanos (si bien mientras existan los Estados nacionales, puede exigírseles que luchan por defender su patria con todas sus fuerzas, si así lo exige la creación del Estado ideal). Se requiere, pues, de los miembros de la Orden “una misma benevolencia para todos, una misma dulzura con todos, la misma humildad con todos y el mismo amor para todos” (FR, II, p. 451); y ninguno debe estar en un nivel más alto o bajo, sino que todos deben hallarse en el mismo nivel. Por descontado, a todos los miembros de la Orden se les exige castidad absoluta, desde el momento en que, como hemos dicho, la sexualidad es para Mainländer la principal fuente de agitación que rompe la paz del ser humano, y condena a su descendencia al dolor por un tiempo indeterminadamente largo.

La lucha de los caballeros del Templo en el Estado tiene como objetivos:

1) La promoción de la humanidad en todos sus ámbitos.

2) La emancipación del cuarto Estado.

3) La emancipación de todos los estamentos sociales de las ligaduras que impone la incultura.

4) La promoción del arte, la ciencia, la agricultura y la industria.

5) La protección de los animales (Cfr. FR, II, p. 454)

Esto significa que su tarea principal no es otra que “solucionar la cuestión social” (FR, II, p. 455), que afecta a todos los estamentos de la sociedad, y que es, ante todo, según la entiende Mainländer, una cuestión educativa, sobre todo de educación científica. Solo si la filosofía de la redención se hace patrimonio de todos los espíritus, existe la posibilidad de que estos cooperen en la constitución, primero de Estado ideal, y luego de la paz definitiva, simbolizada por la muerte, como bien supremo.

La Orden, en suma, se propone regular el espíritu del pueblo, es decir, no dominarlo, sino ser un modelo de conducta para él. Su principal fin es promover “una universidad libre, una escuela libre, y la libertad de cátedra”; es decir, una constitución de todos los aspectos de la sociedad y del trabajo conforme con el ideal. Como dijo Kant, la Orden ha de ser un “estandarte público del derecho y la virtud”, y, añade Mainländer, un “albergue para la justicia”. Es, en el siglo XIX, el “lucero del alba” que a anuncia el advenimiento de la paz en el seno Estado ideal, y más adelante la llegada de la paz definitiva de la muerte, que supondrá el reposo definitivo para toda la humanidad.

En el siguiente enlace, tenéis una exposición en forma de vídeo del contenido de esta entrada, con la explicación de la interpretación que ofrece Mainländer de la leyenda del Grial: