top of page

ACTUALIDAD DEL PESIMISMO FILOSÓFICO

  • manuelperezcornejo
  • 9 ago
  • 28 Min. de lectura

ree

ACTUALIDAD DEL PESIMISMO FILOSÓFICO

Ponencia presentada en Pioz, el 1 de marzo de 2025

MANUEL PÉREZ CORNEJO, Viator

Catedrático de Filosofía

Presidente de la Sección Española de la Internationale Philipp Mainländer Gesellschaft

Buenos días a todos y todas.

            Antes de empezar, y como es de rigor, quisiera agradecerle al equipo editorial de la revista Metábasis, y en especial a José Manuel Rodríguez Pardo, su amable invitación para participar en este VI Congreso de Análisis Crítico del Presente, y también al Centro Cultural «Miguel de Cervantes» de Pioz su encomiable disposición para acoger este evento.

            Se me ha pedido que hable de la «actualidad del pesimismo». Lo primero que tengo que decir es que este título es demasiado ambiguo y, a mi entender, tiene que ser precisado, si es que queremos referirnos a algo concreto sobre lo que se pueda debatir.

Si por «pesimismo» entendemos una actitud vital, una Stimmung, en el sentido heideggeriano de este término, o un temple de ánimo, tal como lo entendía Zubiri, que caracteriza la actitud de ciertos seres humanos y determina su posición inaugural ante el mundo, así como la interpretación de entrada que del mismo pueden realizar, entonces sostengo que el pesimismo estuvo, está y estará de actualidad hasta que desaparezca la especie humana o hasta que esa versión tecnológica de la religión que es el transhumanismo nos sustituya por ciborgs, a los que quizás se les haya diseñado de tal manera que no se planteen más cuestiones que aquellas que puedan resolver los programas que se les haya instalado.

En cualquier caso, creo que, si alguna vez conseguimos que tales dispositivos lleguen a ser completamente humanos, entonces también habrá replicantes pesimistas, que se plantearán, igual que los seres humanos a los que hayan sustituido, si merece la pena seguir activados, o si deben o no ayudar a paliar el sufrimiento de los demás replicantes, como les sucede a los protagonistas de la mítica Blade runner (Ridley Scott, 1982), que se solidarizan entre ellos y se plantean cuestiones existenciales. Mientras eso no suceda, lo que tendremos serán servomecanismos amorales que, todo lo más y siguiendo protocolos exclusivamente lógicos, se preocuparán de sobrevivir a toda costa, como sucede en la película Ex ̲ machina (Alex Garland, 2014). Si los artilugios técnicos se quedan en este nivel, situado al margen de cualquier compasión —concepto básico, como es sabido, del pesimismo— le auguro a nuestra especie un futuro bastante sombrío, porque seguramente las máquinas concluirán, siguiendo la lógica más rigurosa, que, puesto que el principal responsable de que el mundo vaya mal es el ser humano, lo más sensato es destruirlo, para que no siga incordiando más.

            Yo voy a dejar aquí de lado, por tanto, el pesimismo emocional, y también ese otro pesimismo que Olga Plümacher llama «de la indignación», que es el pesimismo propio de aquellas personas optimistas, que no consideran este mundo como algo irremediable, sino que solo se indignan porque constatan que no se dan en la realidad determinadas condiciones de justicia, de manera que piensan que un mundo mejor y más feliz sería posible si se eliminasen tales condiciones, y creen, además, que es posible eliminarlas.

Yo voy a referirme aquí, más bien, a la actualidad del llamado pesimismo filosófico, es decir, la filosofía que surge en Alemania con A. Schopenhauer y que fue continuada y notablemente modificada por sus discípulos intelectuales —no directos— E. von Hartmann, Agnes Taubert, Olga Plümacher, Julius Bahnsen, Philipp Mainländer y Helene von Druskowitz, en sus últimos años.

Esta filosofía pesimista tiene sus raíces muy atrás, incluso en Egipto (Diálogo de un desesperado de la vida con su alma (ba), Dinastía XII, 1990-1786 a. C.), en Mesopotamia (Diálogo del pesimismo, h. 1000 a. C.) o en Grecia, con Hegesias de Cirene (h. 300 a. C.) y su Apokárteron. En nuestro tiempo, encuentra su continuación en la metapsicología del último Freud, Albert Caraco, Carlo Michelstaedter, Peter Wessel Zapffe, Thomas Ligotti, Ulrich Horstmann, Manlio Sgalambro, Marco Lanterna, Piercarlo Necchi, David Benatar y algunos representantes del realismo especulativo.

Prescindiendo de otros países, donde podríamos citar multitud de ejemplos, en España, podemos encontrar este deje pesimista en la literatura de Jorge Manrique, Calderón, Quevedo, Mañara o Gracián (aunque en estos casos, el pesimismo se encuentra mitigado por la esperanza cristiana). Más recientemente, lo hallamos en Larra, Baroja (El árbol de la ciencia, 1911) o el primer Azorín (La voluntad, 1902), cuyas estelas he procurado seguir yo mismo, de forma muy modesta, en mi diálogo filosófico Arturo, o el pesimismo, enmarcado en los jardines de La Granja de San Ildefonso (2022).

      A mí me parece que el pesimismo filosófico es sumamente actual, esto es, «tempestivo», y que su recuperación es oportuna hoy en día, precisamente porque siempre se ha tratado de una filosofía intempestiva, es decir, una filosofía que, sea cual sea la época en la que nos situemos, no encaja en ella, y está, de un modo o de otro, a la contra del pensamiento dominante en ese momento histórico.

Esto quizás se deba a que, aunque se le ha tachado muchas veces de reaccionario —y en muchos aspectos ciertamente lo es—, el pesimismo filosófico, por su escepticismo de fondo, contiene, no obstante, un profundo componente crítico, que le hace irreductible a cualquier servilismo teórico o práctico y a cualquier propósito de apropiárselo para ser utilizado a favor de proyectos de ingeniería social, por no hablar de su oposición al que yo llamaría el «dogma vitalista fundamental», que sostiene, como primer «artículo de fe» indiscutible, que la vida es muy buena y que merece la pena ser vivida.

Esto ha hecho del pesimismo filosófico una teoría antipática, que encuentra enemigos que le hostigan desde todos los frentes. Estos contradictores pueden ser simplemente la gente normal que rodea al que profesa sus principios —no hay más que ver cómo reacciona cualquiera cuando uno le espeta su adhesión a la filosofía pesimista: o bien se subleva de inmediato, apartándose con un respingo, como debían hacerlo antaño los ortodoxos al escuchar las declaraciones de un hereje, o bien emplea un tonillo irónico y burlón, esgrimiendo en tu contra tópicos manidos o argumentos ad hominem—, pero también puede tratarse de políticos, que parecen considerar al pesimismo como un adversario que deben tener muy en cuenta.

Antes de seguir adelante, voy a extenderme un poco más sobre esa antipatía que siente el político profesional por el pesimismo. Dado que su principal preocupación es competir para adueñarse de la res publica, los políticos sienten, de algún modo, que una toma de postura pesimista y, por tanto, crítica con sus deseos de dominio, puede suponer un importante obstáculo para hacerse con las riendas del poder, desde el momento en que el filósofo pesimista, si de verdad lo es, lo primero que hace es renunciar a ejercer la voluntad de poder y basa su acción social —caso de que la ejercite— en la compasión con los demás, es decir, en la solidaridad autogestionada, al margen de cualquier «proyecto de futuro» oficial, por entender que este suele venir acompañado de intenciones inconfesables, nada solidarias.

Voy a leerles un par de citas, y les pido que adivinen a quiénes pertenecen y si hacen justicia a lo que vengo diciendo sobre la relación entre optimismo y ejercicio del poder, así como sobre el estorbo que supone el pesimista para los objetivos de los poderosos.

Primera cita:

«Se nace optimista como se nace pesimista. Con los años el optimismo se debilita. La cuerda se afloja. […] ¡Piedad para los pesimistas! Se estropean a sí mismos la existencia. La vida, en resumidas cuentas, no es soportable sino a condición de ser optimista. El pesimista complica inútilmente las cosas. Lo peor de todo es un jefe pesimista. Tiene el poder de paralizarlo todo. Llevado a tal grado ya no se es pesimista, se es desmoralizador. ¿Cómo hubiera podido triunfar yo sin esta dosis de optimismo, que nunca me ha abandonado y sin esta fe que transporta montañas? […] Por naturaleza la juventud es optimista. Es una predisposición que hay que estimular. Es preciso tener fe en la vida. […] Esa es la razón por la que el pesimismo constituye una plaga entre los políticos. Sería necesario poder eliminar a todos los pesimistas a fin de que en el momento decisivo el saber de esos hombres no anulara su sentido de la acción».

Segunda cita:

«Hay que volver a poner de moda el optimismo. Un optimismo realista, informado y constructivo. El optimismo es el cemento con el que se construyen todos los proyectos. Nunca nadie ha creado nada valioso desde el pesimismo».

La primera cita corresponde a las Conversaciones privadas con Hitler, recogidas por Martin Bormann (2020, pp. 134 y 314), y la segunda a un momento de la intervención de Pedro Sánchez ante el Comité Federal del PSOE el 7-09-2024. Me parece que sobran los comentarios.

Para el poder, el pesimista es el último reducto por someter, porque, como dije antes, debido a su acendrado escepticismo, no está dispuesto a creerse ninguna de las continuas mentiras que tejen los mandatarios para sojuzgar al «desvanecido vulgo», que es como llama Cervantes, tres siglos antes de Ortega y Gasset, al hombre-masa. De ahí que el filósofo pesimista sea el principal enemigo que combatir por cualquier líder político, sea del signo que sea. Si no fuera porque los anarquistas creen en el advenimiento de su bonito ideal, que él considera ilusorio, el pesimista simpatizaría con los ácratas, en lo que se refiere a su actitud política. Ahora mismo, se me ocurre el ejemplo de mi admirado Baroja, y quizás también, en algún sentido, pienso en el viejo Tolstoi, ambos grandes lectores de Schopenhauer.

Ha sido esta faceta crítica del pesimismo filosófico la que le ha llevado, como es sabido, a ser apreciado por algunos autores de la Escuela de Frankfurt, como Max Horkheimer, quien desde su juventud se mostró receptivo a los peligros que encierran las filosofías de la historia elaboradas por el idealismo alemán, especialmente el hegeliano, las cuales, según él presagiaba, terminarían desembocando en el más horrendo dogmatismo y en una abyecta justificación del reino del crimen. En este sentido, Horkheimer califica a Schopenhauer de «pesimista clarividente», por haber propuesto una filosofía cuya «alma es la resistencia».

A mí, particularmente, la propuesta del pesimismo filosófico se me antoja muy ajustada a la mentalidad de una buena porción de la juventud actual, desengañada, sedienta de verdad y de motivos que justifiquen la acción solidaria, aun habiendo perdido toda esperanza. Frente al mal radical de la voluntad egoísta de poder y de ideologías como la neoliberal o la que se dice «progresista», que nos inducen a marchar hacia delante a toda costa, cueste lo que cueste, aunque esto signifique someter a amplias masas de la población y a la propia naturaleza a sacrificios que se nos dice son «inevitables», la filosofía del pesimismo centra su atención en el aquí y ahora de los individuos, animales o humanos, que sufren los brutales pisotones de la economía, la política y la técnica. Ya solo por esto, merece que se le preste alguna atención.

No voy a afirmar, como hace Mainländer en uno de sus últimos aforismos, que el pesimismo vaya a representar para nuestra época lo que representó el cristianismo durante el final del Imperio romano, porque creo que el cristianismo triunfó debido a que era una religión de masas, mientras que el pesimismo, igual que su antecesor, el gnosticismo, se dirige siempre a un círculo muy reducido de outsiders, que permanecen apartados de las corrientes de moda en filosofía, si es que no se ven despreciados o incluso perseguidos por sostener sus opiniones derrotistas; pero sí creo que es innegable la existencia de un interés renovado por las propuestas de la filosofía pesimista, interés que no ha podido ser nunca erradicado, a pesar de la labor de zapa llevada a cabo por Nietzsche y sus huestes vitalistas.

En realidad, los denuestos lanzados por Nietzsche contra los que él califica de «pesimistas decadentes» —término que engloba a Leopardi, Mainländer, Baudelaire, los Goncourt o Dostoievski—, además de constituir en su mayoría simples exabruptos y argumentos ad hominem, carecen de la menor fuerza probatoria: «Yo, Nietzsche, afirmo que la vida y su salud es el valor supremo, por lo que todo pensamiento que afirme la vida es verdadero y sano, mientras que aquel que se atreva a negar la mayor es un enfermo que postula una tesis falsa y dañina». Un pesimista, un decadente o alguien que padece una enfermedad incurable, podría argumentar lo contrario y quedarse tan fresco, o mostrar, quizás, una fuerza de carácter y una resistencia envidiables, muy alejadas del debilitamiento vital que se le supone. Está claro que, si el hombre es un animal que venera, como muy acertadamente afirma Nietzsche, su propia filosofía es una inmejorable prueba de esta aseveración, porque consiste en afirmar la vida simple y llanamente porque sí, porque yo, Nietzsche, la venero. Claro que Nietzsche ya se encarga de construirse una gnoseología que cuadra a la perfección con esta dogmática sentencia pro vida: como no hay ninguna verdad y todo se reduce a una interpretación hecha desde un determinado punto de vista o perspectiva, elaborado por la voluntad de poder, yo construyo mi perspectiva a favor de la vida y desde mi poderosa altura decreto qué es verdadero o no, y qué es lo que potencia o priva de potencia a la vida, siempre en un sentido extramoral, claro, porque previamente me he situado «más allá del bien y del mal». ¡Bendita suerte! Algunos no tenemos tanta desfachatez y aún creemos que podemos investigar con cierto viso de objetividad qué es bueno o malo, o qué es más o menos verosímil. Este tipo de argumentaciones pueden servirle a algún inmaduro jovenzuelo que ha experimentado un subidón de testosterona o a un fanático anticlerical que pontifica cómodamente desde su cátedra, pero quizás no tanto a alguien que ha sufrido una tremenda pérdida, atraviesa una dolorosísima enfermedad o recoge a sus familiares sepultados bajo los escombros provocados por un bombardeo o un terremoto. Pregonarle a este individuo atribulado que la vida es muy buena y que, si se atreve a ponerlo en duda, es porque tiene sus fuerzas vitales menguadas, supone, a mi juicio, una crueldad terrible (y otra, aún peor, incalificable, asegurarle que ese horror se va a repetir infinitas veces y que, encima, debe querer que se repita). Otra cosa muy distinta es que esa persona, a pesar de haber alcanzado la certeza de que la vida va en serio, como afirmaba Gil de Biedma, y suele ser dolorosamente cruel y sumamente injusta, tenga la suficiente valentía como para hacerle frente y seguir viviendo, luchando contra viento y marea y ayudando a los demás; pero de ahí no se sigue que la vida sea tan «wonderful» como sostenía la ingenua película de Capra. A lo mejor, esa persona sigue resistiendo simplemente porque piensa que, en un mundo tan malo, en el que todo suele ir de mal en peor, quizás la muerte no signifique un cambio a mejor, ni ponga fin a sus padecimientos, sino que puede dejar paso a nuevas y aún peores tribulaciones; o que haya decidido mantenerse viva, lisa y llanamente, porque no desea causar aún más sufrimiento a las personas a las que ama, o, en fin, porque es consciente, como afirma la filósofa norteamericana Mara van der Lugt en su libro Hopeful pessimism, de que «no esperar nada» no significa «no hacer nada», pues eso no sería pesimismo, sino fatalismo, y convencido de ello, se decide a actuar para mejorar, aunque sea mínimamente, la realidad que le rodea.

Mas ¿por qué experimenta el pesimismo una suerte de revival precisamente en los tiempos que corren? Aquellos que ya tenemos bastantes años y hemos visto muchas cosas y sufrido ya demasiadas desilusiones, creemos que la respuesta puede resumirse en pocas palabras: nuestra época está apurando las heces del más extremo nihilismo, pero sin que se atisbe por ninguna parte el superhombre nietzscheano capaz de superarlo.

En efecto, a estas alturas del siglo XXI puede decirse que se ha producido el definitivo «crepúsculo de los ídolos» profetizado por Nietzsche. Tras la «muerte de Dios» (término, por cierto, anticipado por Hegel o Jean Paul, pero que Nietzsche recoge directamente de su lectura de la Filosofía de la redención de Mainländer, a finales de 1876), que liquidó la ilusión divina (aunque no para el mundo islámico, que permanece anclado en el medioevo ideológico y ajeno al óbito divino), Occidente ha tenido que ir renunciando a toda una serie de ídolos abstractos, con los que creyó poder curarse del virus letal del nihilismo, que se han ido derrumbando estrepitosamente, uno tras otro.

Primero fue el ídolo del superhombre, en su interpretación nacionalista y racista, que se hundió en Auschwitz, bajo las ruinas que dejó atrás la S. G. M.; luego, cayó el ídolo de la revolución y del comunismo, que desapareció con la caída del bloque del Este y el tránsito a la economía capitalista de Rusia o China, dejando inermes a las trabajadores, a las clases medias y a propia democracia, ante el avance inexorable de la extrema derecha, cuyos triunfos se deben, muy principalmente, a la falta de altura moral y las contradicciones internas de una izquierda desnortada, que, en realidad, nunca ha creído en la democracia (a la que considera una mascarada burguesa, que debe ser reemplazada por la «dictadura del proletariado», es decir, de ella misma), y cuyas reivindicaciones prácticamente han quedado reducidas al ecologismo de bicicleta, discutir sobre el sexo (no de los ángeles, sino de los seres humanos) y a propalar la desvergüenza, el mal vestir y la más repugnante chabacanería, a los que tiene el descaro de llamar el «mundo de la cultura».

También hemos asistido al fracaso del ídolo de la globalización, que, tras la crisis del 2008, ha mostrado claramente quiénes son los perdedores de siempre, aunque estos, cegados por la propaganda neoliberal y la cultura del pelotazo, parecían haberlo olvidado —en este sentido, creo que una película como El lobo de Wall Street (M. Scorsese, 2013) es absolutamente esclarecedora—; por otra parte, también ha caído el ídolo del progreso tecnológico y del consumismo, que nos prometía un futuro utópico: ahora, hemos podido comprobar que la multiplicación de los gadgets técnicos o la entrega a una diversión constante ha ido acompañada con un auge exponencial de los problemas de salud mental y un aumento de los suicidios, otorgando la razón al viejo Aristóteles, cuando decía que una vida entregada a los placeres y las diversiones no es necesariamente la más feliz, porque confunde medios con fines y —esto lo añade el pesimismo filosófico— deja paso al peor de los males, que es el hastío o el aburrimiento, del que resulta prácticamente imposible zafarse; eso, por no hablar de la preocupante alianza entre el poder político y los oligarcas de la tecnología, que no augura para nada el advenimiento de un futuro «brave new world».

A todo ello hay que añadir que el ídolo ecologista se ha ido desinflando poco a poco, mostrándose impotente para hacer frente a la cada vez más aguda crisis de recursos y al cambio climático.  Nos hemos hecho tristemente conscientes de que solo cabría hacer frente a dichos retos deteniendo bruscamente el crecimiento económico y cambiando por completo nuestro modo de vivir y de producir, algo que, como ha demostrado la pandemia de Covid-19 y el retorno a la «nueva normalidad», resulta del todo impensable. El oxímoron que encierra la expresión «desarrollo sostenible» se ha hecho evidente, desde el momento en que nadie está resuelto a volver a un modo de vida preindustrial: para botón de muestra, el reiterado fracaso de las conferencias sobre el clima. Quienes vociferan por las calles diciendo que «otro mundo es posible», no están dispuesto en modo alguno a renunciar a las comodidades que les ofrece el mundo capitalista real, al que tanto desprecian, pero en el que viven tan a gusto. De manera que, una vez que han tirado su pancarta a la basura o han terminado de participar en su carrera solidaria, vuelven a integrarse en la corriente de ese mismo mundo que acaban de criticar, aunque, eso sí, con la conciencia más tranquila, porque están —así piensan ellos— en el lado correcto de la historia.

Finalmente, el ídolo pacifista parece haber sufrido un terrible mentís, tras el rosario de conflictos bélicos que vienen jalonando este primer cuarto del siglo XXI, desde la caída de las Torres Gemelas hasta las guerras de Ucrania y Gaza, que esperemos no sean el preludio de otras aún más destructivas, y que parecen hacer verdad la polémica tesis expuesta por el pesimista antropófugo Ulrich Horstmann de que el ser humano encierra en su interior un monstruo, una bestia sedienta de sangre, que, en su fondo más íntimo y oscuro, no desea otra cosa que aniquilarse.

En medio de este calamitoso panorama, parece lógico que las miradas se vuelvan angustiadas al pesimismo filosófico, que es el único edificio intelectual que aún se sostiene medianamente en pie en medio de las ruinas, representando ante tanto engaño y desilusión, eso que Ludwig Marcuse describe como un estado de madurez.

Yo, que me he formado en el método fenomenológico, pues dediqué mi tesis doctoral a la estética de Nicolai Hartmann, siempre digo, parafraseando a Husserl, que la filosofía pesimista nos propone también «volver a las cosas mismas», pero tal como estas se nos han mostrado tras la caída de los falsos velos ilusorios que recubrían su cruel fealdad y haberse desenmascarado su terrible catadura económica, moral, social y vital. «Zurück zum Pessimismus!» es la expresión (que luego he encontrado reproducida en bastantes lugares, aunque sin mencionarme como creador de la misma) en la me gusta resumir esta necesidad de recuperar, si no todas, sí algunas de las tesis propuestas por el pesimismo filosófico, para afrontar la profunda crisis que atravesamos.

Me parece que es necesario responder, de una vez por todas, a la cuestión que se planteaba Nietzsche en el prólogo de Ecce Homo, § 3: «¿Cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu?» Pues bien, yo creo, sinceramente, que, en los inciertos tiempos que corren, es el filósofo pesimista quien se atreve a soportar el máximo de verdad, sin paliativos y reduciendo al mínimo su bagaje de ilusiones… Sólo él puede hacer frente a aquello que Nicolai Hartmann llamaba «la dureza de lo real». En este sentido, el pesimismo afronta el reto histórico de averiguar si es posible vivir una vida marcada por la desilusión, pues hasta el momento, como hemos visto, a lo largo de la historia siempre han surgido espejismos (religiosos, políticos, económicos, hedonistas…), que les han ocultado a los seres humanos la cruda verdad sobre la realidad y sobre ellos mismos; pero hoy en día, por vez primera, encontramos un sujeto prácticamente desengañado de todo, que, como afirmaba el filósofo pesimista italiano Manlio Sgalambro, es por fin consciente de que el mundo está «en nuestra contra», porque ha constatado que al mundo el destino del hombre le resulta absolutamente indiferente y le da lo mismo si somos felices o no.

Este retorno a las cosas tal como son, es decir, a la vida misma, con todo su carácter trágico y desilusionador, es lo que dota al pesimismo filosófico de un atractivo —cierto que sombrío— del que, a mi juicio, carecen otras corrientes filosóficas, y que le hacen sugestivo para cualquier persona, sea de la época que sea: me refiero a lo que yo llamo su carácter iniciático.

El componente iniciático del pesimismo hace que esta filosofía no cuente tanto con «discípulos», en el sentido habitual de este término, sino, más bien —como decía el filósofo español del siglo XIX José del Perojo—, con «adeptos», ya que, al tratarse de un pensamiento que se construye en base a los peripecias vitales de las personas de carne y hueso, le resulta a estas mucho más próximo que otras teorías, en principio más abstractas, como la dialéctica o la filosofía analítica, por poner un par de ejemplos.

A mi entender, cabe hablar, pues, de un pesimismo iniciático, en el sentido de que aquellos que se inician en esta filosofía, han de atravesar, igual que los iniciados en los antiguos misterios, los miembros de ciertas órdenes secretas o los antiguos alquimistas, una serie de pruebas vitales, que les conducen desde el oscuro «gabinete de reflexiones» o la «fase de nigredo», en la que meditan sobre la muerte y la vanidad de las cosas mundanas, hasta el umbral de una experiencia que les transforma personalmente, una especie de satori o de «iluminación», que les aclara el sentido de la existencia, transmuta su actitud vital y les hace desde ese momento más sensibles y compasivos hacia el sufrimiento de los demás seres, incluidos los animales.

La única, pero importante diferencia entre la «iniciación» que supone la filosofía pesimista y las iniciaciones «clásicas», es que en la mayoría de estas últimas los adeptos se elevan a un plano ontológico trascendente, mientras que la «sabiduría» en la que se inicia el adepto del pesimismo es siempre inmanente, lo que aproxima su camino iniciático al de algunas sabidurías orientales, como el budismo, con el que, en general, siempre ha mostrado bastante afinidad.

El carácter iniciático del pesimismo, explica por qué aquel que se aventura a dar los primeros pasos por su sendero de aprendizaje, no solo debe poseer erudición, títulos o lecturas especializadas, como les sucede a la mayoría de los filósofos, sino que, además, debe atravesar una determinada experiencia vital, personal e intransferible, que es la que otorga significado al conocimiento adquirido y le dota de una dimensión humana, práctica. En este sentido, cabe decir que el pesimismo filosófico no es solo una filosofía, sino, más bien, y ante todo, como supo explicar muy bien Schopenhauer, una sabiduría de la vida.

Sin duda, quien mejor ha explicado este componente iniciático del pesimismo ha sido Philipp Mainländer, en su ensayo La verdadera confianza (escrito en 1876, pero publicado póstumamente, diez años después), donde explica el significado de la leyenda del Grial y la iniciación del Caballero Perceval en los misterios de la compasión, desde el punto de vista de su filosofía de la redención, incluyendo la descripción de una fantástica «Orden el Grial», que habría de sustituir en el futuro a la orden jesuítica y a la francmasonería, y que estaría integrada por unos «caballeros del espíritu», cuya misión consistiría en luchar por la justicia social y la liberación, primero de los habitantes de un país y luego del conjunto de la humanidad. Merece la pena destacar que, como he dicho, Mainländer pergeñó el proyecto de su orden iniciática pesimista en 1876, seis años antes de que se estrenase el Parsifal wagneriano, que guarda extrañas semejanzas con la propuesta del filósofo de Offenbach, sin que quepa señalar una influencia directa entre las concepciones de ambos autores.

La siguiente cita parece probar que Cioran también establecía la relación que acabo de mencionar entre pesimismo e iniciación:

«Yo sueño con una Eleusis de corazones desengañados, con un misterio neto, sin dioses y sin la vehemencia de la ilusión». (Cioran, E., 2024, p. 200, nota 101)

A mi juicio, es el mencionado carácter iniciático, reservado a un círculo reducido de sujetos que han atravesado por una experiencia parecida de hundimiento vital e iluminación, el que explica por qué la filosofía pesimista nunca ha tenido, ni probablemente nunca tendrá, demasiada aceptación en las aulas universitarias (¡y menos mal!: recuérdese que Schopenhauer había expresado que no le daba miedo la muerte, sino qué harían los profesores con su obra después de su fallecimiento); eso explicaría, también, la enorme influencia que, en cambio, ha tenido el pensamiento pesimista, especialmente el de Schopenhauer, sobre artistas, músicos y literatos, desde Wagner a Schönberg, o desde Tolstoi y Thomas Mann a Armando Palacio Valdés, Baroja y Azorín, pues el arte, la música y la literatura enraízan, igual que la filosofía pesimista, en la vida, cuya palpitación tratan de pensar y explicar, bien a través de colores, notas musicales, poesías o novelas, como hacen los artistas y escritores, bien a través de conceptos abstractos, como hacen los filósofos. Por lo demás, hay que decir que esta capacidad para inspirar la creación artística no la ha perdido nunca el pesimismo filosófico y sigue produciéndose, como lo prueba, sin ir más lejos, la excelente primera temporada de True Detective (Nic Pizzolato, 2014), en la que destacan las amargas intervenciones del policía Rust Cohle, o la poco conocida pero sumamente interesante pintura del artista húngaro György Jovian (nac. 1951), cargadas de sombrías reflexiones sobre ruinas distópicas y demoliciones apocalípticas.

La influencia soterrada del pesimismo filosófico es tanto más sorprendente, si se tiene en cuenta el ardor con el que el nietzscheanismo en boga lo rechaza desde que este se puso de moda entre la progresía, tras sustituir la moda del marxismo o la de la filosofía analítica, que habían imperado durante varias décadas en el panorama filosófico occidental. La cosa resulta sumamente curiosa, porque, mientras que, de cara a la galería, muchas personas declaran su inmenso amor a la vida y al disfrute, que coinciden con el credo vitalista, luego, en numerosos aspectos de su existencia cotidiana, adoptan un comportamiento o sostienen posiciones teóricas que se ajustan perfectamente a las propuestas del pesimismo filosófico.

Voy a enumerar algunas de esas coincidencias:

1ª) El vegetarianismo y el animalismo, que, aunque no alcanzan rango de precepto en la filosofía pesimista, sí coinciden con ella en la tesis fundamental de que hay que evitar causar sufrimiento a cualquier ser vivo, si bien hay que decir que ningún filósofo de esta corriente —que yo sepa— llega al extremo de reivindicar idénticos derechos para los animales y los seres humanos. Curiosamente, Eduard von Hartmann muestra en su Filosofía de lo inconsciente (1869) un excepcional aprecio de la vida vegetal que haría las delicias de los actuales defensores de la inteligencia de las plantas, como Stefano Mancuso o yo mismo.

2ª) También existe hoy en día un creciente antinatalismo, que encuentra eco entre amplias capas de la población occidental, especialmente entre parejas jóvenes (muchas de las cuales parecen preferir tener mascotas a criar niños), y que, en muchos casos, responde no tanto a motivos económicos como a la convicción de que no está justificado traer nuevos seres humanos a sufrir a este mundo. Este antinatalismo hodierno, anticipado por grupos gnósticos encratistas o los cátaros medievales, recuerda mucho a la apología de la castidad o virginidad que lleva a cabo Mainländer, o a las propuestas del filósofo antinatalista sudafricano David Benatar, quienes centran su concepto de la redención precisamente en no tener descendencia (por cierto que, una nueva prueba de la inquina del poder contra el pesimismo es la reciente promoción en Rusia de un proyecto de ley para combatir el movimiento childfree y cualquier propaganda que disuada a la gente de tener hijos con cuantiosas multas: se ve que los optimistas nacionalistas necesitan nueva carne de cañón para freírla en la guerra de Ucrania, que confían, como no, en ganar).

3ª) También hay que destacar la reivindicación del derecho a una muerte digna o eutanasia, es decir, el derecho que tiene una persona de elegir libremente poner fin a su vida, cuando piensa que no merece la pena continuar viviendo en condiciones de insoportable sufrimiento o de forma indigna. Esta opción equivaldría a dar parcialmente la razón al lema pesimista, según el cual «no ser es preferible a ser», aunque lo limite a determinados casos desesperados, apostando en condiciones normales por las bondades de la existencia

4ª) Nuestro tiempo comparte con los filósofos del pesimismo la preocupación por el problema del suicidio, que, en general, eluden las demás corrientes filosóficas. Al contrario de lo que suele pensarse, los filósofos pesimistas, aunque no condenan en absoluto al suicida, no recomiendan seguir sus pasos, bien por considerar que el suicidio carece de eficacia a la hora de acabar con el sufrimiento que impone la vida, bien por pensar que es una muestra de egoísmo insolidario con el sufrimiento de los demás, como sucede en el caso de Mainländer, quien —coincidiendo en este punto con el Buda— considera que el suicida renuncia a contribuir a paliar el sufrimiento del prójimo y deja así de cumplir con lo que debería ser un compromiso social moralmente preceptivo para cualquier adepto del pesimismo.

5ª) El marcado antibelicismo y pacifismo, que comparten numerosos sectores de la sociedad actual, preside también la reflexión de algunos filósofos pesimistas. Esta posición se encuentra ligada a la crítica del nacionalismo excluyente, que caracteriza las filosofías de Schopenhauer o Bahnsen, quienes, igual que Voltaire, piensan que en la guerra de lo único que se trata es de robar. No obstante, en otros autores, como Hartmann o Mainländer, no existe esta posición antibelicista y su valoración positiva de la guerra debe ponerse en relación, por un lado, con el nacionalismo germano del siglo XIX, muy ligado a la victoria de Alemania tras el conflicto francoprusiano, y, por otro, con la idea, un tanto paradójica, pero quizás no tan descabellada, de que solo a través del dolor que causa la guerra puede convencerse un ser tan estúpido como el hombre de las bondades de la paz. Esta reflexión pesimista sobre la guerra la ha continuado y llevado a su extremo Ulrich Horstmann, en su polémico ensayo El monstruo, escrito en 1983, en plena guerra fría, y recientemente publicado en España por la editorial Sequitur: para Horstmann, paradójica y sarcásticamente, solo un apocalipsis nuclear, que erradicase al ser humano del planeta, pondría fin de una vez al sufrimiento que este se causa a sí mismo y al resto de los seres vivos a lo largo de la historia.

6ª) Mientras que en Schopenhauer predomina una actitud marcadamente reaccionaria, en lo que se refiere a lo que por entonces se llamaba la «cuestión social», en otros autores, como Hartmann, Bahnsen y, sobre todo, Mainländer, existe una evidente preocupación por resolver dicha cuestión, que en este último filósofo conecta con su interés por el problema de la mejora de la educación y las condiciones de vida de los trabajadores. En este punto, los pesimistas coinciden con el interés contemporáneo por lograr mayores cotas de justicia social.

7ª) Una importante seña de actualidad del pesimismo filosófico estriba en su acento políticamente crítico y el componente solidario, humanamente comprometido, que va unido con él. En efecto, el pesimismo denuncia las mentiras que forja esa enorme máquina de crear ilusiones que es la industria cultural, para mantener cautiva a la opinión pública a través de ínfimos productos publicitarios y espectáculos zafios y bajunos, al tiempo que, combate el desinterés por la vida pública y la inacción que se extiende por la sociedad, cuando se produce el derrumbe de tales ilusiones.

En este ámbito, las propuestas pesimistas más interesantes son las de A. Taubert, J. Bahnsen y Ph. Mainländer. Taubert, en El pesimismo y sus adversarios (1873), considera que uno de los aspectos más relevantes del pesimismo estriba en denunciar las engañosas esperanzas de felicidad con las que tanto el capitalismo como el socialismo embaucan a la población, esperanzas que, una vez perdidas, llevan a quienes las habían sostenido a caer en la desesperación e incluso en la enfermedad mental. Según Taubert, la difusión del pesimismo, debería invitar a los adinerados a comprender que el dinero y el poder no aseguran en absoluto la felicidad, cortocircuitando así sus absurdas ansias de acumular riqueza y conduciéndoles a adoptar una actitud más altruista; y, por otra parte, debe esforzarse por hacerles entender a los trabajadores que la envidia que sienten por el elevado nivel de vida de sus opresores no está justificada, porque esas personas, precisamente por ser seres humanos, son todo menos felices, mostrándoles, además, que las utopías revolucionarias se basan en ilusiones impracticables, que, pronto o tarde, terminan desembocando en criminales dictaduras, que transforman la vida de los ciudadanos en un infierno. La clave de una mejora social se encuentra, según esta autora, en fomentar las asociaciones de todo tipo, basadas en el apoyo mutuo (aunque ella no emplea esta expresión), propuesta que, estoy seguro, valorarían positivamente las actuales ONG o las organizaciones solidarias, tanto laicas como religiosas, ya que ellas saben que lo que a la postre importa es la prestación de ayuda directa a las personas vulnerables, más que las declaraciones grandilocuentes y abstractas, que contribuyen muy poco a resolver los problemas de las personas. Pongamos un ejemplo: mientras que, durante la crisis provocada por la Dana que asoló Valencia el 29 de octubre de 2024 , el gobierno de España, pensando solo en sus intereses, sometía a votación un decreto para controlar RTVE y la portavoz del partido Sumar parece que tuvo la desfachatez de decir que los disputados «no estaban para achicar agua» o Gabriel Rufián, representante de ERC, haciendo honor a su apellido, afirmaba que «los diputados no iban a hacer labores de rescate», seguro que hubo entre los voluntarios que acudieron al tajo más de un pesimista que no dudó en mancharse las manos, para evitar que el sufrimiento de los damnificados fuese mayor: creo que este ejemplo práctico expone bien a las claras la tesis solidaria de Taubert.

En el caso de Bahnsen —cuyo pensamiento es absolutamente individualista y en algunos aforismos de su Breviario pesimista (1879) mantiene un proyecto social basado en la ayuda inmediata y sin intermediarios a los que se encuentran en apuros—, las críticas al Estado, al sistema judicial y a la guerra (que él conocía bien, puesto que había participado en la primera guerra de Schleswig-Holstein), se traducen, asimismo, en una valoración de la acción personal, por parte de aquellos individuos que se sienten comprometidos con el ejercicio de sus deberes concretos hacia el prójimo, aunque sean bien conscientes de que los ideales que orientan dichos deberes a menudo coliden entre sí y pueden conducir a conflictos trágicos e irresolubles, ante los cuales el filósofo pesimista solo puede reaccionar mediante el autosacrificio, el heroísmo trágico o haciendo gala de su buen humor.

Finalmente, en el caso del pesimista socialista (o comunista) Mainländer, el compromiso con los trabajadores es mucho más claro, si bien el suyo es un socialismo nacionalista, que se mueve en la línea de las propuestas de Ferdinand Lassalle y se opone a la Internacional de los Trabajadores, ya que, a juicio de Mainländer, el internacionalismo termina por diluir la acción emancipadora del proletariado, haciéndola perderse en fútiles e ineficaces abstracciones, que terminan dejando el control del movimiento obrero en manos foráneas, ajenas a sus intereses concretos. En este sentido, la idea de que el socialismo o el comunismo deben tener, en primera instancia, un componente nacional parece haber encontrado eco actualmente en España en el auge de movimientos independentistas o nacionalistas vinculados a ideologías de izquierda, como el Bloque Nacionalista Galego, Bildu o ERC. Para Mainländer, en definitiva, el socialismo debe primero detectar y denunciar la miserable situación educativa y económica de los trabajadores de un país; luego, ha de procurar empoderar a los trabajadores de esa nación en el ámbito político y legislativo, fomentando la mayor colaboración posible entre capital y trabajo (la revolución ha de ser el último recurso), y, más tarde, una vez conseguida una mejora de la situación de las clases trabajadoras en el ámbito nacional, es cuando cabe pensar en resolver la cuestión social en un plano más amplio, internacional. No obstante, hay que decir también que este componente nacionalista del socialismo mainländeriano ha llevado a algunos estudiosos de su obra —sobre todo, en Iberoamérica— a considerar que su filosofía política constituye un precedente del nacionalsocialismo alemán.

Al margen de estas coincidencias, pasaré ahora a mencionar algunos puntos del pesimismo filosófico, que pienso resultan de actualidad por su concomitancia con ciertos planteamientos de la ciencia más reciente.

Así, por ejemplo, la peculiar versión del idealismo trascendental que sostienen algunos filósofos pesimistas, especialmente Schopenhauer, cuya gnoseología se fundamenta en una indisoluble relación entre sujeto y objeto, concuerda muy bien con la implicación que tiene el sujeto en el proceso del conocimiento del mundo físico, según la física cuántica contemporánea (cabe mencionar la conocida influencia de Schopenhauer sobre Schrödinger), al tiempo que el concepto de «voluntad» que maneja el pesimismo, como fuerza que pone en movimiento la naturaleza y al propio ser humano, constituye una excelente anticipación del concepto actual de energía, especialmente de la llamada «energía oscura».

Asimismo, existe un sorprendente paralelismo entre las filosofías de Eduard von Hartmann o Philipp Mainländer y algunas cosmologías recientes, como la que propone una alternativa entre expansión y contracción del universo (Hartmann) o la teoría del Big Bang y la muerte térmica del universo (Mainländer).

En el ámbito de la psicología, la descripción de la voluntad como una fuerza inconsciente anticipa el psicoanálisis freudiano (Schopenhauer) o la psicología analítica de Jung, cuyo inconsciente colectivo, dotado de teleología, se inspira directamente, según nos dice el propio Jung, en la Filosofía de lo inconsciente de Eduard von Hartmann.

Un aspecto curioso del pesimismo filosófico, tangencial para algunos pero sumamente interesante para otros —entre los que me encuentro— tiene que ver con el interés que suscitan los llamados «fenómenos paranormales» (telepatía, visión de espectros, premoniciones, etc.), que constituyen lo que suele llamar el «mundo del misterio», pues determinados autores de esta escuela, como Schopenhauer, Hartmann o Helene von Druskowitz, mostraron un notable interés por estas manifestaciones y se esforzaron por explicarlas en el marco de las relaciones que establece su filosofía entre voluntad y representación. Hay que decir, no obstante, que otros integrantes de la escuela, como Bahnsen y, sobre todo, Mainländer, se mostraron escépticos hacia los fenómenos de clarividencia o el espiritismo, considerándolos ridículas supersticiones.

Me gustaría, en fin, aludir a otro aspecto del pesimismo que le hace estar de plena actualidad, a saber: sus relaciones con la denominada literatura del horror sobrenatural (en particular Lovecraft) y el realismo especulativo. Esta corriente filosófica reciente, que conjuga de un modo sumamente original filosofía y literatura (y, a veces, también cine), parte de considerar la cosa en sí como algo muy real, que no cabe identificar (o al menos no solo cabe hacerlo) con el ámbito luminoso de la libertad, el alma o Dios, sino con otros aspectos, más siniestros y terroríficos de la existencia. Así lo entienden escritores y pensadores de la talla de Ray Brassier, Nick Land, Graham Hartman, Eugene Thacker o Thomas Ligotti, todos los cuales procuran ofrecernos una aproximación, desde sus respectivos puntos de vista, al oscuro núcleo que trasciende nuestra experiencia cotidiana, retomando, con suma originalidad, la veta estética que, como hemos visto, ha caracterizado desde siempre a la filosofía pesimista, en el marco de lo que yo denominaría una razón poética oscura, que se propone penetrar en los aspectos más tenebrosos de la realidad.

Con estos apuntes, pienso que podemos dar por concluida esta somera presentación de aquellos aspectos de pesimismo filosófico que pienso pueden resultar más actuales, siendo consciente de que esta filosofía, que siempre se ha desarrollado al margen de las aulas universitarias, aunque seguramente nunca llegará a obtener el beneplácito de la academia ni el de las masas (beneplácito que, dicho sea de paso, el pesimismo ni necesita ni desea), siempre tendrá asegurado un puñado de fieles e irreductibles adeptos, mientras no le dé a la especie humana por autodestruirse, como sostiene la cruda filosofía antropófuga del pesimista Ulrich Horstmann.

Para concluir, quisiera leerles un breve texto de E. Cioran, que me parece sintoniza perfectamente con las ideas que he expuesto en mi ponencia:

«Solo una visión antropológica pesimista puede revelar el sentido trágico de la historia. (…) Nuestro tiempo tiene por misión acabar con el optimismo. La necesidad de mirar las cosas de frente, de renunciar a la autoilusión; de percibir el destino inmanente al ser humano, de resucitar la sensibilidad trágica, de purificar el pesimismo de todo sentimentalismo, constituyen aspectos que confieren una significación completamente particular el momento histórico actual». («La perspectiva pesimista de la historia», en Cioran, E., 2019, p. 108)

Muchas gracias.

BIBLIOGRAFÍA CITADA:

Bahnsen, J. (2025). Breviario pesimista. Introducción y traducción de Manuel Pérez Cornejo, Sequitur, Madrid.

Cioran, E. (2019). Soledad y destino. 1931-1944. Traducción de Ch. Santacroce, Hermida, Paracuellos.

Cioran, E. (2024). Ejercicios negativos. Marginalia al Breviario de podredumbre. Edición y traducción de Ingrid Astier y Alicia Martorell, Taurus/Penguin, Barcelona.

—    (2020). Conversaciones privadas con Hitler, 1941-1944, Crítica, Barcelona.

Hartmann, E. v. (2022). Filosofía de lo inconsciente. Selección de textos. Introducción, traducción y notas de Manuel Pérez Cornejo, Alianza, Madrid.

Horstmann, U. (2024). El monstruo. Perfiles de una filosofía antropófuga, Edición, traducción y notas de Manuel Pérez Cornejo, Sequitur, Madrid.

Mainländer, Ph. (2014). Filosofía de la redención. Xorki. Introducción y traducción de Manuel Pérez Cornejo, ed. de C. J. González Serrano y M. Pérez Cornejo, Madrid.

Mainländer, Ph. (2024). «La verdadera confianza», en: Realismo e idealismo. Críticas a Kant y Schopenhauer, Traducción, introducción y notas de Manuel Pérez Cornejo, Alianza, Madrid.

Nietzsche, F. (19794). Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es. Ed. de Andrés Sánchez Pascual, Alianza.

Taubert, A. (2023). El pesimismo y sus adversarios, Introducción, traducción y notas de Manuel Pérez Cornejo, Sequitur, Madrid.

 
 
 

Comentarios


Sección Española de la Sociedad Internacional Philipp Mainländer

© 2017 - Creado por Manuel Pérez Cornejo con Wix.com

  • Facebook Clean Grey
  • Twitter Clean Grey
  • LinkedIn Clean Grey
bottom of page